imagen tomada de sanarai.com
Mindfulness se ha popularizado como una técnica sencilla para reducir el estrés y mejorar la salud mental.
Practicarlo parece fácil, accesible y hasta gratuito. Sin embargo, nuevas investigaciones científicas abren un debate: aunque puede aportar beneficios, también podría generar efectos negativos en algunas personas.
La atención plena, definida como la capacidad de concentrarse en el presente sin juzgar, ha sido adoptada en terapias psicológicas y programas de bienestar. Su expansión global responde a la promesa de ayudar a gestionar emociones, ansiedad y sobrecarga mental. Pero la evidencia reciente muestra que la realidad podría ser más compleja.
Diversos estudios han mostrado que el mindfulness puede disminuir la rumiación mental y modificar la actividad de la red neuronal por defecto, relacionada con el diálogo interno y la divagación mental. Un trabajo publicado en The Lancet Psychiatry analizó a más de 200 pacientes con depresión que no respondían a terapias tradicionales y encontró que quienes participaron en sesiones grupales de terapia basada en mindfulness redujeron sus síntomas más que el grupo que recibió tratamiento habitual.
Este tipo de resultados ha impulsado su incorporación en entornos clínicos. Incluso investigaciones recientes señalan que la meditación no “apaga” el cerebro, sino que lo vuelve más activo, flexible y capaz de reorganizar su sentido del “yo”.
No obstante, las advertencias sobre posibles efectos adversos no son nuevas. Según el psicólogo Miguel Farias, de la Universidad de Coventry, textos budistas de hace más de 1,500 años ya mencionaban síntomas posteriores a la meditación como ansiedad, depresión o episodios de disociación.
Un macroanálisis que revisó miles de estudios encontró que el 65% reportó al menos un evento negativo asociado con la meditación. En promedio, el 8.3% de los practicantes experimentó efectos indeseados, lo que equivale a casi una de cada 12 personas.
Investigaciones posteriores refuerzan esa preocupación. En 2022, un estudio con 953 meditadores frecuentes detectó que más del 10% sufrió impactos negativos significativos durante al menos un mes. Otra investigación financiada por Wellcome Trust, realizada con más de 8,000 estudiantes en Reino Unido, concluyó que la práctica no mejoró su bienestar y podría perjudicar a quienes ya tenían vulnerabilidad psicológica.
Especialistas como Arnold Lazarus han advertido desde hace décadas que el uso indiscriminado de la técnica puede desencadenar depresión, agitación e incluso descompensaciones graves. A esto se suma el crecimiento de una industria millonaria alrededor de la meditación, impulsada por apps, coaches y cursos.
Incluso Jon Kabat-Zinn, uno de los principales promotores del mindfulness, reconoció en una entrevista con The Guardian que gran parte de los estudios sobre sus beneficios presenta limitaciones metodológicas.
Hoy, la comunidad científica coincide en que el mindfulness puede ser útil, pero no es una solución universal. Su impacto depende de la persona, el contexto y la forma en que se practica. Los expertos sugieren considerarlo como complemento de tratamientos psicológicos, no como sustituto.
La conclusión es clara: la atención plena puede ser una herramienta valiosa, siempre que se use con información, supervisión y expectativas realistas.
Con información de WIRED.
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