imagen tomada de mirror.co.uk
Durante siglos, el nombre del Bethlem Royal Hospital quedó marcado como uno de los capítulos más sombríos en la historia de la salud mental.
Lo que hoy es un centro respetado en Reino Unido, fue en el pasado un lugar donde los pacientes eran tratados como espectáculo público.
Historias como la del pintor victoriano Richard Dadd, internado tras asesinar a su padre, o la del hombre que intentó atacar al rey George III, terminaron en el mismo destino: las puertas del Bethlem, un hospital cuya fama se construyó tanto por su antigüedad como por sus prácticas.
Fundado en 1247 como un asilo religioso, el centro evolucionó con los siglos hasta convertirse en hospital para enfermos mentales.
Sin embargo, durante gran parte de su historia, la atención médica brilló por su ausencia.
En determinados periodos, el lugar funcionó casi como un “zoo humano”.
Por un chelín, los visitantes podían recorrer sus pasillos y observar a los internos. Incluso se permitía provocarlos, en una época donde el sufrimiento ajeno se veía como entretenimiento social.
Se calcula que en un solo año pudieron pasar por sus instalaciones hasta 96 mil visitantes, una cifra que refleja la dimensión del fenómeno.
Las condiciones dentro del hospital fueron duras durante siglos: cadenas, encierros, baños fríos e incluso terapias de rotación, que consistían en hacer girar al paciente durante largos periodos.
Con el tiempo comenzaron a llegar reformas. Médicos y administradores introdujeron mejoras, contrataron personal de enfermería y crearon fondos para ayudar a los pacientes más pobres.
A mediados del siglo XIX el hospital empezó a modernizar sus tratamientos y a separar a criminales de enfermos.
Hoy, el Bethlem continúa funcionando como institución médica, aunque su pasado sigue siendo un recordatorio de cómo la sociedad trató durante siglos a las personas con enfermedades mentales.
Con información de Xataka.
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