Mujeres

Margaret Mead: la antropóloga que cambió para siempre la forma de entender los roles de género

Los roles de género no son universales ni biológicamente inevitables: esa fue la idea que la antropóloga Margaret Mead ayudó a instalar en el pensamiento moderno tras estudiar distintas culturas fuera de Occidente.

Cuando Mead inició sus investigaciones en el Pacífico Sur durante los años veinte, predominaba la creencia científica de que hombres y mujeres tenían comportamientos distintos por naturaleza. Se asumía que la agresividad, la ambición o el liderazgo eran rasgos masculinos, mientras que el cuidado y la ternura eran propios de las mujeres. Sin embargo, sus observaciones de campo cuestionaron esa visión y mostraron que muchas de esas diferencias dependían del contexto social.

Los roles de género vistos desde otras culturas

Margaret Mead nació en 1901 en Filadelfia y creció en una familia vinculada al ámbito académico.

Estudió primero en DePauw University y más tarde en Barnard College, para finalmente formarse en la Universidad de Columbia bajo la influencia de antropólogos como Franz Boas y Ruth Benedict.

De ellos tomó la idea de que cada cultura debía entenderse desde sus propios valores.

Con apenas 24 años viajó a Samoa para estudiar la adolescencia femenina. Allí descubrió que las jóvenes vivían esa etapa con mucha menos tensión que en Estados Unidos. La sexualidad no estaba rodeada de tabúes y la comunidad funcionaba como una red amplia de apoyo.

Para Mead, esto demostraba que los conflictos adolescentes no eran inevitables, sino producto del entorno social.

Margaret Mead: Culturas distintas, masculinidades distintas

Más adelante, la antropóloga investigó comunidades en Nueva Guinea y comparó tres sociedades. En algunas, hombres y mujeres compartían rasgos cooperativos; en otras, ambos eran competitivos; y en otra más, los roles parecían invertidos respecto al modelo occidental.

Estos hallazgos llevaron a Margaret Mead a sostener que los rasgos considerados “masculinos” o “femeninos” no eran inherentes al sexo biológico, sino patrones culturales aprendidos. La idea resultó revolucionaria porque cuestionaba que el patriarcado fuera natural o inevitable.

Su obra influyó en debates sobre sexualidad, adolescencia y desigualdad entre hombres y mujeres.

Aunque recibió críticas, como las del antropólogo Derek Freeman, su impacto fue profundo: colocó la cultura en el centro del comportamiento humano.

Mead combinó investigación y divulgación durante toda su vida, participando en debates públicos sobre educación, crianza, moral sexual y derechos de las mujeres. A su muerte en 1978, era la antropóloga más conocida del mundo.

Su legado sigue vigente: si las formas de ser hombre o mujer cambian según la sociedad, entonces muchas jerarquías que se presentan como naturales pueden, en realidad, transformarse.

Con información de National Geographic.

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