imagen tomada de nytimes.com
El pintor de carteles Pasquale De Stefano podría ser el último representante de un oficio tradicional que durante más de un siglo dio identidad visual a los mercados de Nápoles, Italia.
A sus 77 años, este artesano sigue pintando a mano los coloridos letreros que anuncian frutas, verduras y productos en los puestos de la ciudad.
Nápoles es una ciudad vibrante construida a la sombra de un volcán activo, donde la vida cotidiana ocurre en las calles.
Entre el ruido de los ciclomotores, el bullicio del dialecto napolitano y los vendedores que llaman a los compradores, destacan los carteles pintados con colores brillantes que anuncian clementinas, alcachofas y otros productos mediterráneos.
Estos letreros no solo cumplen una función práctica: también forman parte del paisaje cultural de la ciudad. Con letras grandes, colores primarios y adornos llamativos, se han convertido en símbolos de la vitalidad napolitana. Sin embargo, como muchas tradiciones artesanales, hoy enfrentan el riesgo de desaparecer o convertirse en simples recuerdos turísticos.
De Stefano es considerado por muchos como el último numeraio, término utilizado para nombrar a los pintores de números y carteles de mercado. El oficio fue común en su familia: su padre, su abuelo y dos de sus hermanos también lo practicaron. Pero hoy él mantiene la tradición prácticamente solo.
El oficio del pintor de carteles surgió a finales del siglo XIX, cuando el analfabetismo era común y muchos vendedores de verduras no sabían escribir los anuncios de sus productos.
Para resolverlo, contrataban a pintores ambulantes que recorrían los mercados con pinceles y pinturas en cestas.
Estos artesanos crearon un estilo muy particular: letras grandes con sombras, bordes coloridos y composiciones llenas de vida. Los carteles se pintaban directamente en los mercados, frente a los clientes.
Para el antropólogo cultural Marino Niola, este gusto por el ornamento refleja la esencia de la ciudad.
“Incluso los vendedores de fruta se niegan a renunciar a la belleza”, explica, recordando que Nápoles es una ciudad profundamente barroca.
Hoy, De Stefano trabaja en el mismo pequeño taller que utilizaron su padre y su abuelo: un basso, una vivienda sin ventanas en la planta baja. Allí comenzó a pintar cuando tenía apenas ocho años.
Sentado en una silla desgastada, coloca el cartel sobre sus rodillas, dibuja las guías con lápiz y luego pinta con pinceladas rápidas y seguras. A su alrededor se acumulan salpicaduras de pintura, camisetas, imanes, tazas y cientos de carteles con frases en napolitano.
Aunque su trabajo es modesto y no siempre bien pagado, en los últimos años ha recibido atención inesperada. Un nieto abrió una cuenta de Instagram para mostrar su obra, lo que ha atraído a turistas curiosos que visitan su taller para verlo pintar.
Nápoles ha experimentado un aumento del turismo de hasta 500 % en la última década, lo que ha transformado el centro histórico. Muchas tiendas tradicionales han desaparecido, reemplazadas por restaurantes y souvenirs pensados para visitantes.
Sin embargo, en el caso de De Stefano, el turismo también ha traído nuevas oportunidades. Sus carteles se han convertido en recuerdos muy buscados y en símbolos de la cultura local.
A pesar de ello, el artista cree que la tradición corre peligro. En las calles de la ciudad, muchos de sus letreros ya conviven con carteles impresos digitalmente.
Para De Stefano, la diferencia es clara: “Si desaparecen, todo se volverá plástico y artificial”, advierte. “La poesía vive en lo hecho a mano”.
Después de más de siete décadas pintando, incluso tras haber sufrido un derrame cerebral, el último pintor de carteles de Nápoles asegura que aún no piensa retirarse.
“El trabajo le hace bien a una persona”, dice mientras sumerge su pincel en pintura. “Es demasiado pronto para jubilarse”.
Con información de The New York Times.
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