imagen tomada de infobae.com
En medio del árido paisaje de Nuevo México, el Cañón del Chaco guarda secretos que siguen sorprendiendo a la ciencia.
Un nuevo estudio confirma algo que por generaciones se contó como tradición oral: los antiguos Puebloanos no solo conocían a los guacamayos tropicales, sino que los criaban y cuidaban como figuras rituales y símbolos sagrados.
La investigación, publicada en la revista KIVA y liderada por la arqueóloga Katelyn Bishop, analizó restos óseos y registros arqueológicos reunidos durante décadas. El resultado fue contundente: al menos 45 aves exóticas, en su mayoría guacamayos escarlata, vivieron y murieron dentro de grandes construcciones ceremoniales entre los siglos IX y XII.
El mayor hallazgo se dio en Pueblo Bonito, la estructura más emblemática del sitio.
Ahí se localizaron 35 guacamayos y dos loros de picogrueso. En una habitación conocida como la Sala 38 se encontraron 14 aves, dos de ellas enterradas de forma deliberada bajo el piso, lo que apunta a un claro ritual ceremonial.
El resto de los ejemplares apareció en gruesas capas de excremento, de hasta 25 centímetros, señal de que las aves fueron mantenidas con vida durante largos periodos. Las habitaciones contaban con muros enlucidos, plataformas y elementos que pudieron servir para conservar el calor, una adaptación clave para aves tropicales en un entorno frío y desértico.
Para los antiguos Puebloanos, los guacamayos no eran simples animales exóticos.
Su plumaje rojo intenso los vinculaba con el sol, la lluvia, el arcoíris y el sur, elementos centrales de su cosmovisión.
Eran símbolos vivos de fertilidad, prestigio y conexión con el mundo espiritual.
El estudio destaca que ninguno de los 2,481 restos óseos analizados presenta señales de haber sido consumido.
Esto confirma que no eran criados como alimento ni solo por sus plumas, sino como seres sagrados. Algunas aves murieron jóvenes, mientras que otras superaron los 25 años, lo que sugiere una convivencia prolongada y cuidados constantes.
La gran pregunta es cómo estas aves, originarias del sur de México o Centroamérica, llegaron hasta el suroeste de Estados Unidos.
La explicación más aceptada apunta a redes comerciales de larga distancia, similares a las que llevaron turquesa, conchas marinas y cacao a la región.
Sin embargo, la evidencia sugiere algo más: al menos parte de la vida de los guacamayos transcurrió en el propio Cañón del Chaco.
Esto implica que los Puebloanos desarrollaron técnicas avanzadas de crianza y adaptación, capaces de mantener aves tropicales en condiciones extremas.
Los guacamayos no fueron los únicos. Halcones, grullas, pavos y aves cantoras también aparecen en contextos rituales del sitio.
Todo indica que las aves ocupaban un papel central como mediadoras entre el mundo humano y el espiritual.
Este hallazgo no solo amplía el conocimiento arqueológico del Cañón del Chaco, sino que invita a repensar cómo las sociedades antiguas del suroeste entendían su entorno.
Para ellos, los animales no eran solo recursos, sino parte viva de su universo simbólico y ceremonial.
Con información de Muy Interesante.
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