Restauración fue la palabra que marcó la vida de Pinin Brambilla, la experta italiana que dedicó más de dos décadas a rescatar una de las obras más importantes del arte: La última cena de Leonardo da Vinci.
Cuando la vio por primera vez en 1977, la pintura era casi irreconocible. Capas de yeso, pintura y antiguos intentos fallidos la cubrían por completo. Incluso dudó si realmente estaba frente a una obra de Da Vinci.
El reto no era menor: devolverle su esencia a una pieza que llevaba siglos deteriorándose.
Restauración de “La última cena”: un trabajo contra el tiempo
El problema comenzó desde el origen. Leonardo da Vinci decidió no usar la técnica tradicional del fresco y optó por una mezcla experimental sobre yeso seco. Esto permitió mayor detalle, pero provocó que la pintura empezara a deteriorarse apenas 20 años después de terminada.
A lo largo de los siglos, varios restauradores intentaron salvarla, pero muchos cambios alteraron los rostros y expresiones originales de los personajes.
Brambilla decidió hacer algo distinto. Analizó cada intervención previa y comenzó un trabajo minucioso: retirar capa por capa con herramientas quirúrgicas, fragmento por fragmento, algunos de apenas 5 centímetros.
Fue un proceso lento, delicado y lleno de obstáculos técnicos.
Un legado que va más allá del arte
El trabajo no solo implicó precisión, también sacrificios personales. Durante años, Brambilla pasó largas jornadas lejos de su familia, incluso fines de semana completos dedicada a la obra.
Finalmente, en 1999, después de más de 20 años, concluyó la restauración. Los resultados devolvieron vida a los rostros, detalles y emociones que Da Vinci había plasmado.
Para algunos críticos, el resultado es debatible. Para otros, es lo más cercano a la versión original.
Para Brambilla, fue algo más profundo: una conexión personal con la obra. Al terminar, confesó sentirse triste al dejarla.
Porque, como ella misma dijo, en cada restauración se queda una parte del artista… y también de quien lo rescata.
Con información de La Nación.