imagen tomada de elconfidencial.com
¿Habías escuchado sobre el capital estético?
Vivimos en tiempos en los que la apariencia ya no es solo una cuestión personal, sino un valor social.
En redes, la forma en que te ves puede abrir (o cerrar) puertas, y para muchos adolescentes, el cuerpo se ha convertido en un pasaporte hacia la aceptación y la pertenencia.
En el universo digital, la disciplina, el éxito y el autocontrol se proyectan a través de un cuerpo “perfecto”, moldeado para encajar en un ideal colectivo.
Así, mientras las plataformas celebran la diversidad, seguimos atrapados en una cultura que premia la imagen por encima de la autenticidad.
Este fenómeno tiene nombre: capital estético.
Se trata de los privilegios y ventajas que una persona obtiene a partir de su apariencia física como su cuerpo, forma de vestir o estilo personal y de cómo la sociedad los valora.
En otras palabras, la belleza se convierte en una forma de poder y de capital social.
El atractivo físico puede traducirse en estatus, oportunidades o beneficios económicos, especialmente en entornos donde se exalta un tipo de belleza específica.
Todo depende de los cánones sociales, que cambian con el tiempo y definen lo que es “deseable” o “valioso” en una época determinada.
Relacionado con este concepto está el capital corporal, que explica cómo las personas “trabajan” su cuerpo para cumplir con las normas de deseabilidad social.
Gimnasio, dietas, cirugías, filtros o retoques digitales se convierten en herramientas para transformar el cuerpo en un producto intercambiable dentro del mercado social.
La socióloga Ashley Mears ha estudiado este fenómeno en la industria del modelaje e influencers, donde la belleza no solo otorga estatus a quien la posee, sino también a quienes la rodean.
Ella lo llama el “capital de las chicas”, un reflejo de cómo la estética puede convertirse en poder.
En una cultura donde el valor parece medirse en “me gusta”, el desafío está claro: volver a ver la apariencia como una forma de expresión personal, no como una moneda social.
Quizás la próxima revolución no esté en tener el cuerpo perfecto, sino en atreverse a ser auténtico en un mundo que todavía premia las apariencias.
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