Algo se está quebrando en la forma en que convivimos. No es una crisis visible ni un estallido repentino, sino un cambio silencioso que se cuela en la vida diaria, en el trabajo, en la política y en la manera en que miramos al otro. La desconfianza global ya no es una reacción ocasional: se ha convertido en la regla.
Desconfianza global: confiar ya no es lo normal
De acuerdo con el Edelman Trust Barometer 2026, el 70% de las personas no está dispuesto a confiar en alguien con valores, creencias, información u orígenes distintos.
El dato surge de una encuesta aplicada a 37,500 ciudadanos en 28 países y atraviesa generaciones, niveles educativos y regiones.
No se trata de un grupo aislado, sino de una transformación cultural profunda.
Hoy, solo una de cada tres personas afirma confiar en la mayoría de la gente.
El informe lo resume de forma clara: la desconfianza se ha vuelto el instinto predeterminado.
En lugar del diálogo abierto, crecen las reservas, la cautela y la preferencia por quienes “se parecen” a nosotros.
Una sociedad más cerrada y con menos diálogo
El estudio describe este fenómeno como “insularidad social”: comunidades que funcionan como islas, donde la confianza se limita al grupo propio.
No nace de una ideología específica, sino del miedo: a perder estabilidad económica, identidad cultural, empleo o futuro.
Frente a la incertidumbre, muchas personas eligen refugiarse en lo conocido.
Este cierre no suele expresarse como odio abierto. Aparece en forma de sospecha automática, rechazo a colaborar o falta de disposición para dialogar con quien piensa distinto. No es xenofobia clásica, pero crea fronteras invisibles que convierten al otro en un posible riesgo.
La lógica del aislamiento también se traslada a la política y la economía.
El informe detecta un repunte del nacionalismo y un rechazo creciente a acuerdos internacionales, instituciones multilaterales y marcas globales. La globalización, antes asociada a oportunidades, hoy genera inseguridad. Como resume el estudio: se elige el “Yo” por encima del “Nosotros”.
La pérdida de confianza no es nueva. Lleva al menos 25 años creciendo, con un quiebre claro tras la crisis financiera de 2008.
Desde entonces, la brecha entre personas de altos y bajos ingresos se amplió, alcanzando diferencias récord, especialmente en Estados Unidos.
A esto se sumaron la pandemia, la desinformación y la sensación de desigualdad estructural.
Entre los más jóvenes, el impacto es aún más visible. Más de la mitad de la Generación Z justifica formas de activismo hostil como respuesta al hartazgo. No por ideología, sino por frustración: inflación, empleos inestables, miedo al impacto de la inteligencia artificial y un futuro que se percibe más limitado que el pasado.
Las consecuencias ya se sienten. La desconfianza frena la adopción de nuevas tecnologías, complica la cooperación laboral y bloquea respuestas colectivas a problemas como el cambio climático o la vivienda.
Sin confianza, no hay cooperación. Y sin cooperación, no hay soluciones.
El dato más inquietante es el optimismo en caída libre. En ningún país desarrollado más del 23% de la población cree que la próxima generación vivirá mejor. El futuro dejó de prometer.
El informe cierra con una advertencia clara: si no se reconstruye la confianza mediante diálogo, liderazgo y conversación social honesta, el encierro puede volverse irreversible. Porque una sociedad no se rompe de golpe. Primero, deja de confiar.