imagen tomada de cnnespanol.cnn.com
Después de más de una década sin pisar su país natal, Ai Weiwei regresó a China en silencio. El reconocido artista y activista volvió a Beijing a mediados de diciembre para una visita de tres semanas, un hecho impensado desde que en 2011 las autoridades revocaron su pasaporte y lo mantuvieron detenido durante 81 días bajo acusaciones de evasión fiscal.
Durante estos años, Ai vivió en Alemania, el Reino Unido y Portugal, manteniéndose alejado de China en un contexto donde incluso personas con perfiles mucho menos polémicos han sido detenidas arbitrariamente. Aun así, decidió asumir el riesgo.
“Fue como si una llamada telefónica que llevaba 10 años desconectada se volviera a conectar de repente”, describió sobre su llegada.
El viaje fue deliberadamente discreto. En su cuenta de Instagram, Ai compartió algunas imágenes sin pies de foto: chimeneas bajo el cielo invernal de Beijing, una mesa giratoria con platos y una botella de agua local, viejos amigos, rutinas cotidianas. Escenas simples que contrastan con la estricta vigilancia que vivió la última vez que estuvo en la capital china.
La emoción estuvo presente. El artista confesó que lo que más extrañaba era hablar chino. Para él, la mayor pérdida del exilio no es material, sino la ruptura del intercambio lingüístico.
Uno de los momentos más significativos fue el reencuentro con su madre de 93 años. Ai relató que ella se mostró especialmente feliz al ver a su nieto, tomándolo de la mano durante todo el encuentro. Una felicidad serena, humana y profundamente conmovedora, según sus propias palabras.
Desde que dejó China en 2015, Ai Weiwei se consolidó como una de las voces más críticas del Gobierno chino. Obras como Remembering, sobre las víctimas del terremoto de Sichuan, o SACRED, donde recreó su experiencia en prisión, reforzaron su proyección internacional en un periodo de fuerte censura interna.
Durante su reciente regreso, fue interrogado durante casi dos horas en el aeropuerto de Beijing, aunque las preguntas fueron simples y finalmente pudo ingresar sin mayores problemas. El resto de la visita transcurrió sin incidentes, algo que algunos interpretan como una señal de confianza por parte de las autoridades, tanto en sus sistemas de vigilancia como en la limitada visibilidad actual del artista dentro de China, donde su nombre y obra están censurados en redes sociales.
Ai asegura que no percibe un cambio real en la actitud del Gobierno hacia él. Cree que su permanencia sin conflictos se debe a la coherencia de su trabajo a lo largo del tiempo. Aunque reconoce que hablar de política sigue siendo un tema prohibido, considera que China atraviesa una etapa de crecimiento en riqueza, poder nacional y libertades personales.
Desde Europa, el artista ha continuado produciendo obras críticas, como documentales sobre la pandemia de covid-19 o las protestas en Hong Kong, al mismo tiempo que aborda temas globales como la crisis de refugiados y la guerra en Ucrania.
¿Volverá pronto a China? Ai Weiwei responde que nunca se ha ido del todo. Aunque se ha sentido un extraño en muchos lugares, es su pasaporte chino lo que lo mantiene ligado a su origen. Para él, ese vínculo siempre ha representado el derecho fundamental de regresar, sin importar los obstáculos.
Con información de CNN.
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