La historia de Carmen Herrera es una de perseverancia absoluta. Nacida en La Habana en 1915, dedicó más de 60 años de su vida a la pintura sin vender una sola obra ni recibir reconocimiento institucional. Su consagración llegó de forma tardía, a los 89 años, convirtiéndola en una figura clave de la abstracción geométrica y abriendo un debate sobre las barreras de género, edad y origen en el arte contemporáneo.
Carmen Herrera y una vocación que nunca se detuvo
Herrera creció en un entorno intelectual: su padre era periodista y su madre escritora. Desde niña mostró talento artístico y recibió formación académica temprana. Más tarde estudió en París y regresó a La Habana en 1938 para cursar arquitectura, carrera que influyó profundamente en su lenguaje visual, marcado por la precisión y las líneas rectas.
En 1939 emigró a Nueva York junto a su esposo, el profesor Jesse Loewenthal. Allí se enfrentó a un ambiente artístico conservador, aunque logró ingresar a la Art Students League, donde comenzó a explorar la abstracción geométrica. Posteriormente vivió en el París de la posguerra, un periodo decisivo en el que depuró su estilo, influida por corrientes como el suprematismo y De Stijl, alejándose definitivamente de la figuración.
Pese a exponer en 1950 en el Lyceum de La Habana, la respuesta fue fría. A su regreso a Nueva York en 1953, su obra quedó relegada en un contexto dominado por el expresionismo abstracto. A esto se sumaron barreras de género: una galerista llegó a decirle que, por ser mujer, nadie compraría su trabajo.
El reconocimiento tardío que cambió su historia
Durante décadas, Carmen Herrera trabajó en silencio, acumulando lienzos y bocetos en su estudio, sin interés en la autopromoción. Su enfoque creativo era riguroso y minimalista: planificaba cada obra con exactitud, reduciendo la pintura a bloques de color y líneas rectas. “La línea recta es para mí el principio y el final”, afirmaba.
El giro llegó en 2004, cuando fue incluida casi por casualidad en una exposición de la Latin Collector Gallery de Nueva York. Sus obras sorprendieron por su carácter pionero y se vendieron varias piezas; una de ellas fue donada al MoMA. A partir de ese momento, su carrera despegó de forma internacional.
En los años siguientes, Herrera protagonizó retrospectivas y exposiciones en instituciones como el Whitney Museum, la Tate Modern y el Smithsonian. Fue reconocida por la Royal Academy of Arts de Londres y recibió la Orden de las Artes y las Letras de Francia. Incluso después de los 100 años, continuó produciendo obra, consolidando un legado que hoy inspira la reivindicación de mujeres artistas históricamente invisibilizadas.
Carmen Herrera falleció convencida de que el arte es universal y de que la constancia, incluso sin aplausos, puede transformar la historia. Su éxito tardío no reescribió su pasado, pero sí dejó una huella definitiva en el arte moderno y contemporáneo.
Con información de Infobae.