Anna Lembke advierte: por qué el alcohol engaña al cerebro y lo empuja a la adicción
Anna Lembke advierte: por qué el alcohol engaña al cerebro y lo empuja a la adicción

Anna Lembke advierte: por qué el alcohol engaña al cerebro y lo empuja a la adicción

¿Por qué algo que da placer termina causando sufrimiento? Para la doctora Anna Lembke, psiquiatra especializada en adicciones y directora médica de Medicina de las Adicciones en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford, la respuesta está en el cerebro y en la forma en la que procesa el placer.

Según la experta, sustancias como el alcohol no solo generan bienestar momentáneo, sino que reconfiguran el cerebro, haciéndole creer que beber es una experiencia clave para la supervivencia. Ese engaño neurológico es el inicio de un círculo difícil de romper.

Adicción al alcohol y dopamina: el inicio del círculo vicioso

La dopamina es el neurotransmisor encargado de la motivación, el placer y la recompensa. Su función es clara: asociar experiencias agradables con conductas que debemos repetir. El problema surge cuando este sistema se desequilibra.

De acuerdo con Lembke, el alcohol y otras sustancias adictivas liberan grandes cantidades de dopamina de golpe en la vía de recompensa del cerebro. Esa descarga intensa convierte la experiencia en algo altamente memorable, mucho más que las recompensas naturales como la comida.

El cerebro, que evolucionó para sobrevivir en un mundo de escasez, interpreta entonces que esa experiencia placentera es esencial. Así, el alcohol imita las recompensas naturales, pero de forma amplificada, llevando al cerebro a priorizar su consumo por encima de otras necesidades reales.

Un mundo de abundancia que nos vuelve más vulnerables

Para la psiquiatra, vivimos en una época sin precedentes: más acceso a sustancias, más tiempo libre y más estímulos que nunca. Aunque parezca positivo, este entorno resulta estresante para un cerebro que no está preparado para tanta abundancia.

El acceso constante es, según Lembke, uno de los principales factores de riesgo para desarrollar una adicción. En ese contexto, el alcohol destaca por su normalización social y facilidad de consumo, lo que incrementa su impacto en la salud mental.

Con el tiempo, la búsqueda constante de placer provoca el efecto contrario: anhedonia, es decir, la incapacidad de disfrutar. El cerebro se adapta reduciendo la transmisión de dopamina, lo que obliga a consumir cada vez más para sentir lo mismo o, simplemente, para sentirse “normal”.

¿Se puede romper el ciclo?

La doctora Lembke asegura que sí, aunque no es sencillo. La clave está en la abstinencia prolongada. Según explica, es necesario dejar de consumir la sustancia durante al menos cuatro semanas para que el cerebro empiece a restablecer sus vías de recompensa.

Los primeros días son los más difíciles. Entre los 10 y 14 días iniciales aparecen síntomas como ansiedad, irritabilidad, insomnio, bajo estado de ánimo y antojos intensos. Esto ocurre porque el equilibrio entre placer y dolor se inclina hacia el dolor tras retirar la fuente artificial de dopamina.

Con el tiempo, si el cerebro logra adaptarse, comienza a regular de nuevo su propia producción de dopamina. Así, poco a poco, vuelven a disfrutarse recompensas más simples y se reduce la dependencia del estímulo externo.

El mensaje final de Lembke es claro: la adicción no es falta de voluntad, sino un proceso biológico profundo. Entenderlo es el primer paso para afrontarlo y, cuando es necesario, buscar ayuda especializada.

Con información de Mens Health.

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